lunes, 23 de junio de 2008

de El país de donde vengo (Francisco Andrés Escobar)

"¡Decile a la Chus que digo yo que es una pendeja, remorada, malparida! ¡y si quiere que se lo diga en su cara, que venga!" Aquello fue lo mejor que le oí. Lo mejor de lo peor. Porque entre barbaridad y barbaridad había siempre un índice se superación.
Alta, huesudísima, acalaverada, pelilarga, dentifalta, aquella mujer era una artífice de la sandez. Se llamaba Soledad. Soledad... y más; pero en todo el lugar la conocían como la niña Chole. Era una psicópata del idioma y un monumento viviente a la leperada nacional. Psicópata, porque asesinaba palabras, o con ellas asesinaba cualquier honra, cualquier nombre, cualquier fama. Monumento, porque nunca se volvería a encontrar, en cartilla única, otra galería completa del insulto. Un psicólogo habría aplicado un par de términos para explicar el vicio de aquella mujer: logomanía obsesiva y coprolalia. La gente cotidiana se contentaba con decir: "¡Jesús, qué trompa la de esa vieja!"